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Osa do Mar 2026, entre la resistencia al temporal y el pulso de Burela

Por Redacción NoSoloEsRuido
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Una crónica de directos contundentes, imprevistos bajo la lluvia y la catarsis colectiva de RATA

Hay festivales a los que uno acude por un determinado artista y otros a los que vuelve porque sabe que, independientemente de quién aparezca en el cartel, allí siempre va a ocurrir algo. Osa do Mar pertenece claramente al segundo grupo.

Después de las experiencias de 2021 y 2022, volver a Burela era una manera de comprobar si aquella sensación de estar ante un evento con personalidad propia seguía viva. La respuesta, tras varios días de música, vuelve a ser afirmativa.

Porque Osa do Mar no es únicamente una sucesión de conciertos. La música funciona como eje, pero a su alrededor convergen cultura, gastronomía y los propios espacios de la villa. La programación de 2026 volvió a repartir las propuestas por distintos rincones de la localidad, desde la Praza do Concello hasta el Barco Museo Reina del Carmen.  

En esta ocasión, Pantallas Sonoras volvió a vincular música y creación audiovisual, incorporando un concurso de videoclips con casi un centenar de propuestas recibidas. Es una iniciativa interesante que suma valor al festival y evita que la cita se limite a montar un escenario y esperar a que pasen las bandas.  

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El viernes abrió la primera de las grandes noches musicales con más de seis horas de actuaciones en la Praza do Concello. Depedro ejercía como la gran apuesta estatal de la jornada. Jairo Zavala comenzó ante una plaza a medio llenar, pero el recinto terminó completando su aforo a medida que avanzaba un repertorio centrado en sus temas más coreados.

Después llegó Eris Mackenzie con su mezcla de sonidos tradicionales y bases electrónicas. Sobre el papel la propuesta despertaba curiosidad, pero en directo nos dejó una sensación algo más fría de lo esperado. Hay ideas interesantes y personalidad, pero requiere recorrido para ver hasta dónde puede llegar.

Los grandes protagonistas de la noche fueron The Rapants. Su vinculación con Burela viene de lejos y su regreso para presentar "Rapants Club" cumplió con lo esperado, convirtiendo la plaza en una fiesta. «O Avión» o «Blaster Waiting 4 You» funcionaron a la perfección ante un público entregado al juego de la banda.  

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Con Éxtasis nuestras sensaciones difirieron de la corriente general. Para parte del público fueron una revelación, pero a nosotros nos generaron dudas por un directo en exceso pulido, donde costaba distinguir la ejecución real de los posibles apoyos pregrabados.

La Milagrosa resultó ser una de las sorpresas agradables. Su propuesta apoyada en el post-punk y el shoegaze convenció sobre las tablas por encima de sus grabaciones de estudio. Por contra, la sesión de Señora DJ para cerrar la jornada estuvo entre las propuestas que menos nos encajaron de todo el fin de semana.  

El sábado arrancó combinando música y cultura popular. Pantallas Sonoras compartió espacio con Kornucopia y Pandeireteiros do Inferno antes de que Ortiga transformase el Bearmú en una verbena electrónica. El músico gallego adaptó los códigos de las fiestas patronales al formato actual y logró mover a toda la plaza con temas como «A Santiago voy» o «Licor do negro café».  

Por la tarde, las Tardes de Peixe trasladaron la actividad al puerto. El Barco Museo Reina del Carmen sirvió de escenario para Xosé Maseda, Arume y Portosanto. La propuesta liderada por Nuno Pico dejó destellos que remitían al Britpop noventero desde un prisma propio. La estampa del puerto con la marea bajando mientras la banda tocaba sobre la cubierta dejó uno de los momentos estéticos más singulares del festival.  

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El traslado posterior hacia la Praza do Concello coincidió con un cambio drástico en la meteorología. Una tormenta intensa de agua, viento y aparato eléctrico amenazó con paralizar la noche justo cuando Fillas de Cassandra debían arrancar su actuación.

Ante el temporal, la organización decidió salir al escenario de forma periódica para informar sobre el estado del equipamiento y las opciones de reanudar los conciertos. Es un detalle de transparencia que se agradece frente a la falta de información de otras citas, aunque sirvió también para poner de manifiesto la vulnerabilidad logística de un festival mediano ante el mal tiempo.  

Tras media hora de retraso, Fillas de Cassandra pudieron presentar "Tertulia". Su propuesta funcionó esta vez de manera más cercana con el público que en ocasiones anteriores.  

Pero la lluvia terminó por cobrarse una víctima. El turno era para Juventude, una de las bandas jóvenes a las que había más ganas de ver, pero la entrada de agua en el escenario Burela Bonita mojó buena parte de su equipo. A pesar de los esfuerzos de técnicos y producción, el concierto tuvo que cancelarse.  

Ahí arrancó la verdadera reacción colectiva de la noche. Toda la plaza comenzó a corear a grito pelado el nombre de la banda, intercalando el "Juventude, Juventude, Juventude" con el ya clásico cántico de «Escenario principal, escenario principal». La respuesta desde el escenario no tardó en llegar. La organización anunció que intentaría por todos los medios repescar a Juventude para 2027 y hacer que tocaran en el escenario principal, un compromiso directo para capear la frustración del momento y devolver el gesto a la plaza.  

Ginebras ofrecieron a continuación un concierto correcto sin grandes sorpresas. Tras su sonada espantada en 2022, su regreso se saldó con un pase eficaz pero plano, que no terminó de aportar nada memorable al balance global de la noche.  

El punto de inflexión lo marcaron RATA. El dúo murciano formado por Daniel Sabater y Félix Esteban ofreció una exhibición de potencia basada únicamente en batería, guitarra y actitud. Presentando "No me quiero morir nunca", su sonido sucio y contundente conectó de inmediato con la plaza en el directo más salvaje de la jornada.  

Al cierre de su actuación se vivió además el detalle de la noche. El cantante de Juventude subió al escenario para cantar junto a RATA como guiño a la banda que se había quedado sin poder tocar, y poco después el resto del grupo se sumó para recibir el aplauso multitudinario de una plaza que llevaba horas arropándolos.

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Tras la descarga de RATA, la propuesta de Sobrezero resultó demasiado previsible y no logró enganchar. Quienes sí cumplieron su cometido habitual fueron Grande Osso, convirtiendo el cierre del sábado en esa sesión festiva masiva que ya forma parte de las rutinas asentadas del evento. Mientras la música sonaba, trabajadores, técnicos y parte de la organización subieron al escenario a bailar con la gente, escenificando esa fiesta compartida que no necesita de discursos formales.  

El domingo devolvió la calma en Cantiños con una jornada matinal enfocada a un público familiar. Colectivo Os Castros, Criters, Blood Skeleton, Arumiños, School of Rock y Milicrocas fueron los encargados de poner la música en un ambiente relajado para cerrar los cuatro días.  

Y por eso conviene cerrar dando las gracias a quienes sostienen todo esto. A la organización por mantener esa cercanía que tantas veces se disuelve cuando los eventos crecen, pero muy especialmente a todas las personas que trabajan durante esas jornadas en la sombra. Técnicos, producción, barras, seguridad, voluntarios y personal de cada espacio. Son quienes aguantaron el chaparrón, a menudo con la mejor de las atenciones, para que la música no se detuviera.  

Como en cualquier evento de estas características, siempre hay cosas que mejorar y aspectos organizativos que pulir en diferentes ámbitos. Sin embargo, su equilibrio entre comunidad, cercanía y el esfuerzo de todo su equipo humano hace que volvamos a casa cansados pero convencidos de algo. Osa do Mar sigue siendo un festival al que siempre apetece regresar.  

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