Rodrigo Cuevas en el Coliseum: el triunfo de "La Belleza" y la aldea global
El coloso coruñés se rinde a la pandereta y al neón en una noche de comunión histórica
Hay recintos que están grabados en el ADN de la música en directo en Galicia, y el Coliseum de A Coruña es, sin duda, su máximo exponente. Sin embargo, el pasado 30 de abril, el pabellón no solo ejerció de anfitrión para un gran evento, sino que se transformó para latir al ritmo de Rodrigo Cuevas. Lo que vivimos fue la confirmación de que su propuesta ha trascendido cualquier etiqueta para convertirse en un éxito masivo que, llena los grandes templos sin perder ni un gramo de su carga crítica y libertaria.
La estética como declaración de principios
El escenario, presidido por una sugerente cortina de panoyas de maíz, nos sumergía desde el inicio en una paleta de colores tierra y ocres que conectaba directamente con la raíz. El inicio con “Un mundo feliz” marcó el paso de lo que vendría: un despliegue donde el vestuario —con hasta cinco cambios de look a lo largo de la noche— no era un adorno, sino una herramienta narrativa para jugar con la escenografía y las canciones.
Rodrigo apareció como una figura magnética, navegando entre la vanguardia y la tradición. Uno de los momentos más íntimos y visuales llegó cuando, sentado frente a un espejo en pleno escenario, comenzó a maquillarse mientras desgranaba su discurso, difuminando la barrera entre el artista y la persona ante la mirada de miles de asistentes. A medida que caían temas como “BLZA”, “La hermana cautiva” o “Asturcón”, la elegancia se impuso, demostrando que el folk también puede ser monumental.
El latido de la calle y la comunión total
El punto de inflexión llegó cuando el espectáculo abrazó su cara más festiva. Con “Xardineru” y “Pañuelín”, el escenario simuló un llagar donde incluso se escanció sidra, trasladando el alma de la romería al centro del Coliseum. La entrada de la “Muiñeira para a filla da bruxa” y “Sácame a bailar” consiguió que el público abandonara sus asientos para entregarse al movimiento colectivo en una estampa difícil de olvidar.
La comunión entre Rodrigo y los asistentes fue absoluta, rompiendo constantemente la cuarta pared. Un ejemplo perfecto de esta cercanía fue cuando el artista no dudó en coger unas papeletas de un chaval entre el público, terminando por animar a todo el recinto a colaborar y comprarlas. Ese gesto, entre lo cómico y lo humano, define la esencia de este tour: una celebración donde artista y público se miran a los ojos.
Rave, neón y el factor Nuno Pico
Pero el momento que realmente definió la noche fue “Rambalín”. Aquí no hubo artificios; hubo memoria compartida y un respeto que llenó cada rincón del pabellón. Fue el preludio necesario para la última parte del show, un ascenso directo a la electrónica de raíz con una atmósfera más oscura y desafiante. Temas como “Xiringüelu”, “¿Cómo ye?!” o la fuerza de “Más animal” convirtieron el Coliseum en una auténtica rave rural.
La colaboración de Nuno Pico (Grande Amore) en “Una muerte ideal” fue el chispazo final que necesitaba la noche. La química entre ambos artistas funcionó de forma orgánica, elevando la energía justo antes de encarar el cierre definitivo con “La fiesta”.
La Huella de NoSoloEsRuido
Salimos del concierto con la certeza de haber visto a un artista en su mejor momento conquistando el recinto más importante de Galicia. El éxito fue total, no solo por la cantidad de gente convocada por el artista asturiano, sino por la comunión que se generó bajo esa cúpula histórica. Rodrigo Cuevas ha conseguido que lo tradicional deje de ser algo estático para convertirse en un lenguaje vivo, capaz de hablarle de tú a tú a la electrónica y a la modernidad.
A Coruña se fue a casa con la sensación de haber disfrutado de "La Belleza" de una forma autentica. No ha sido solo un concierto; es la prueba de que, cuando la música tiene alma y sabe conectar con la raíz, el Coliseum se convierte en la plaza del pueblo más grande del mundo.

